El argentino Alejandro Hartmann desgrana qué debe tener un buen true crime para funcionar y analiza por qué el género sigue atrapando audiencias.

El argentino Alejandro Hartmann es uno de los principales referentes del true crime en América Latina. Y, sin embargo, asegura que ni consume ni es fanático del género.
“Creo que parte de lo que hace que mis series sean atractivas es que no soy un fan del true crime”, reconoce Hartmann a Cveintiuno.
Es que, con un pasado vinculado a títulos de ficción y documentales como ‘Todos contra Juan’, ‘Reset, volver a empezar’ o ‘AU3 (Autopista Central)’, la carrera de Hartmann dio un giro en 2020 con el estreno de ‘Carmel: ¿Quién mató a María Marta?’.
La producción, centrada en el asesinato de María Marta García Belsunce, caso conocido en Argentina como “el crimen del country”, se convirtió en un verdadero hit global para Netflix, que desde entonces aceleró su expansión en el género en América Latina.
Y con títulos posteriores como ‘El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas’ en 2022 y ‘Los hermanos Menéndez’ en 2024, Hartmann no solo fue protagonista de este crecimiento, sino también en parte responsable.

Aun así, asegura que su vínculo con el true crime fue casi accidental.
“Absolutamente involuntario”, resume el director, que también ha firmado ‘Nahir, el secreto de un crimen’ para Prime Video y la reciente ‘Yiya Murano: Muerte a la hora del té’, también para Netflix.
Lo anterior no le impide ser, no obstante, una de las voces más autorizadas para analizar el presente del género en la región. Y según Hartmann, el éxito del true crime responde a una combinación de factores que van desde el interés histórico de las audiencias por el crimen y el misterio hasta una época cada vez más obsesionada con “lo real”.
“Hay algo muy atado a lo real, que tiene que ver con la irrupción de YouTube primero y luego de las redes sociales, y con el interés que genera saber qué sucede realmente y qué está haciendo la gente”, explica.
“Hay algo de la ventana indiscreta, pero no como ficción, sino como realidad que está muy presente en nuestros días. Todo el mundo está con sus ventanitas portátiles mirando qué es lo que hace el otro”, agrega.
A eso se suma, según Hartmann, un interés casi tan antiguo como la propia narrativa, vinculado al misterio, el suspenso y los crímenes.

“Parte de la historia de la dramaturgia griega tiene que ver con los crímenes. Después vino Sherlock Holmes, Agatha Christie, el cine negro… Siempre hubo algo del crimen y de quién mató que forma parte de nuestras narrativas”.
“Esa conjunción entre lo real, el suspenso y la idea de quién lo hizo se combinó de una manera muy interesante en esta época y generó un interés de las audiencias que, por suerte, renovó también el interés por el documental”.
Pero para Hartmann el verdadero potencial del true crime aparece cuando el crimen también permite el retrato de una época o de una sociedad.
“Creo que lo interesante es que mientras que el policial en la ficción se limita de alguna manera a la búsqueda del culpable, el documental tiene la característica de que, al hablar de lo real, intervienen las fuerzas de la sociedad real, y entonces termina siendo un lugar muy interesante para hablar de la sociedad en general”.
“Y a caballo de lo policial, uno termina hablando de los medios, de la justicia, del sistema policial, de lo político y de las relaciones sociales”, sostiene.

Por eso, a la hora de construir un buen true crime, Hartmann identifica tres ingredientes esenciales: un misterio potente, personajes memorables y una lectura social que trascienda el caso policial.
“Mientras más misterioso e irresuelto esté, mejor”, resume. Pero aclara que el misterio por sí solo no alcanza.
“Tiene que tener una buena historia y tiene que tener buenos personajes. Si los personajes son interesantes y tienen algo que atrae al público, ya sea empatía o rechazo, ahí hay algo atrapante”.
En ese sentido, pone como ejemplo el caso de ‘Carmel’, que combinaba “un misterio ridículo” con personajes “increíbles”, desde el viudo Carlos Carrascosa hasta el fiscal, Diego Molina Pico.
“A veces podés detestarlos, pero esos personajes tienen que tener algo. No puede ser gente del montón”.
Y para Hartmann existe además un tercer elemento fundamental: que el true crime funcione también como retrato de una sociedad.
“Para mí es muy importante que hable de algo más que del propio crimen, que retrate a la sociedad”.
En otras palabras, el crimen puede ser la puerta de entrada. Lo que mantiene al espectador mirando, sostiene Hartmann, es todo lo que esa historia revela sobre la sociedad que la rodea.
En ese sentido, el productor y director no cree que el true crine vaya a desaparecer en el corto plazo, tal como lo atestiguan además los más recientes encargos de las plataformas.
“El misterio y el crimen son algo viejo como la cultura”, afirma.
“Siempre hubo interés por eso, desde las noticias periodísticas hasta el cine negro o las novelas policiales. Entonces yo creo que eso siempre interesó y probablemente siempre siga interesando”.
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True Crime













