Los microdramas verticales presentan un potencial innegable. Pero también vienen cargados de efectos colaterales. Y la industria tradicional empieza a debatir en público qué implican para su propio futuro.

Tras alcanzar su pico, la curva de cualquier hype cae y luego se estabiliza hasta encontrar su lugar. Si hablamos del boom del microdrama en el mundo occidental, como negocio probablemente todavía esté en fase ascendente. Sin embargo, en el plano del relato y la percepción, la sensación es otra: pasada la euforia inicial, recibida como el primer soplo fresco en años, empiezan a multiplicarse las voces críticas.
El último Series Mania dejó claro que, entre la élite europea de la ficción televisiva, el formato carga con una reputación más bien negativa.
Manuel Alduy, head de cine, young adult y ficción internacional en France Télévisions, fue tajante. “Hemos intentado evitarlos. Encontramos mucho drama de baja calidad. ¿Cómo voy a tirarme a esa piscina? Muchos microdramas son simplemente telenovelas baratas. ¿Queremos hacer esto?”, dijo en el escenario.
Muchos le responderían que ahí hay un error de percepción. Por ejemplo, Daniela Busoli, cuya compañía Formata está produciendo varios títulos para Globo en Brasil, lo ha definido “más como una evolución del lenguaje del social media que una novela low-cost”.
Pero si a este contenido le sumamos la lógica de monetización basada en desbloquear episodios mediante micropagos, no sorprende escuchar que las apps verticales tienen más que ver con Candy Crush que con Netflix.
Y entonces, ¿tiene la industria tradicional un lugar en los microdramas sin sentir que traiciona sus principios? Y si sí, ¿cuál es?
La respuesta no parece estar en sus historias. Por su propia naturaleza, con episodios cortos que avanzan a golpe de scroll, tienden a desembocar en tramas extremas y personajes superficiales.

En el evento de Lille, Bethany Thomson de Sea Star Productions, una de las pocas productoras de series verticales del Reino Unido, reconoció que el algoritmo está dictaminando las historias, que repiten las mismas tramas con distintos actores y se promocionan mediante clips diseñados para captar la atención en segundos.
Por su parte, Hasret Ozcan, presidenta de la compañía turca Inter Medya, explicó que hay tan poco tiempo para desarrollar personajes, que se ayudan del color de la ropa para caracterizarlos y que el espectador entienda rápidamente “si es bueno o malo”.
Pero más allá de la falta de complejidad y sutileza de sus conflictos, uno de los aspectos que más preocupa es la viralidad de narrativas cargadas de estereotipos que parecían superados.
“Estamos retrocediendo. He investigado a fondo y tengo que decir que estoy genuinamente impactada por la representación de mujeres y de hombres. Son títulos de soft porn. El modelo es clickbait”, sostuvo Nadine Marsh-Edwards, directora y productora ejecutiva de la británica Greenacre Films.
“Me preocupa que estén reforzando una tendencia muy presente hoy: la de algunos hombres que intentan recuperar un poder de hace siglos. Y hay mujeres jóvenes que lo aceptan. Tenemos que estar muy atentos a lo que está pasando”, agregó.
No es casual que las mujeres aparezcan en el centro del debate una y otra vez.
Según un estudio reciente de Digital i, la principal audiencia de los microdramas es femenina. Tras analizar los canales oficiales de YouTube de apps como DramaBox, ReelShort, FlickReels, My Drama y CandyJar durante 2025, la firma encontró que las usuarias de entre 35 y 44 años concentraron el 20,8% de las visualizaciones, frente al 11,5% que representan en el consumo total de YouTube. En contraste, los hombres de entre 18 y 24 años aportaron solo el 6% de las views en estos canales, pese a representar el 13,7% del consumo total.

“El público objetivo del microdrama es una mujer que está viviendo una vida difícil. Trabaja 10 horas al día y termina agotada, así que en el camino a casa tiene media hora para ella. Es su momento. Y lo va a usar para dejarse llevar y cumplir alguna fantasía”, resume el checo Krystof Safer.
Safer es uno de los pocos expertos europeos en el mundo vertical. En 2016, cuando Instagram era una app de “fotos cuadradas de tu almuerzo” y TikTok no existía, lanzó Vertifilms, un festival dedicado a contenidos en formato 9:16. Por eso, cuando hace un año el boom asiático explotó en Occidente, el productor ya partía con ventaja.
“Para construir una historia necesitas entender a la audiencia del microdrama, el momento en que lo consume y todos los elementos que lo rodean”, explica a Cveintiuno.
La entrevista con Safer surgió a raíz de sus provocadoras palabras en un panel de Series Mania, donde afirmó que “los microdramas son porno disfrazado”.
El productor aclara que el paralelismo está alejado de cualquier connotación negativa: “Con el contenido adulto, sabes exactamente lo que vas a ver e incluso lo preseleccionas según tus preferencias. Con los microdramas ocurre lo mismo: estas mujeres viven vidas duras y por un momento quieren sentirse ‘Pretty Woman’”.
Y esos componentes de guilty pleasure y de evasión solo se potencian con la experiencia de consumo móvil.
“La audiencia descubrió que existe una pantalla íntima, un espacio donde puedes ver algo solo para ti sin que nadie te juzgue”, señala Safer.
Como él, muchos en la industria no ven problema en adentrarse en este terreno. Pero cada vez son más los que empiezan a cuestionar en público qué implica todo esto para el futuro de la propia industria.

“El video vertical me parece algo natural y está bien que se pueda trabajar historias de diferentes maneras. Mi preocupación es seguir alimentando contenidos cada vez más cortos. Pronto las audiencias jóvenes no serán capaces de sentarse a mirar una película entera y eso impactará el storytelling tradicional y en la formación de audiencias futuras”, opinó, por ejemplo, la ex Disney Cecilia Mendonça en Content Americas.
El guionista chileno Julio Rojas, también consultor en inteligencia artificial (IA) y ‘experto en futuro’, va un paso más allá. Considera inquietante lo que describe como “un movimiento estratégico hacia el acantilado”.
Es que, según el autor del multipremiado podcast de ciencia ficción ‘Caso 63’, el microdrama vertical es el terreno perfecto para la IA. Su “estructura fija, conflicto explícito, giro rápido, arquetipos reconocibles y resolución inmediata” configuran una narración altamente estandarizada, precisamente lo que una IA primero aprende.

“Una IA podrá producir más microdramas en una semana que un estudio humano en un año”, escribió Rojas en un sugerente post de LinkedIn. “Alguien que invierta hoy en infraestructura de microseries está eligiendo mirar hacia otro lado. (…) Es difícil creer que directivos, inversores y creadores hayan decidido simultáneamente apostar en el territorio que será automatizado primero”.
“¿Hay algo que simplemente no estoy viendo o la industria ha perdido la capacidad de ver el futuro?”, concluye.
Y, por supuesto, nada de esto tiene sentido si no es rentable, otro frente que empieza a acumular escepticismo entre analistas. O incluso críticas abiertas, como en el caso del estadounidense Evan Shapiro.
En el podcast ‘The Jay & Tony Show – Vertically Challenged’, el siempre provocador ‘cartógrafo de medios’ recientemente arremetió contra lo que definió como el “bullshit microdrama movement” y lo comparó con “un esquema Ponzi”.
“El mejor ejemplo que puedo darte es ReelShort. Según mis estimaciones, el año pasado generó US$ 1.300 millones pero gastó la misma cantidad en marketing para conseguir esos ingresos. Como resultado, después de todos los demás gastos, perdieron alrededor de US$ 500 millones”, afirmó Shapiro.

Podríamos decir que la industria tradicional se divide hoy en tres grupos frente a los microdramas: los que rechazan conceptualmente el formato, los que observan su evolución para encontrar su lugar en él, y los que ya han decidido entrar.
Dentro de este último grupo, a su vez, conviven quienes replican las lógicas y mecánicas del modelo asiático y quienes empiezan a ensayar nuevos enfoques, a menudo elevando la vara en términos de calidad, géneros y temáticas.
Probablemente, ese sea el camino con más sentido para una industria con décadas de oficio acumulado. La pregunta es si terminarán chocando con la realidad o si lograrán empujar las barreras verticales y abrir nuevos mundos, personajes y relatos.
Tal vez Safer tenga la respuesta: “Para probar que un camino es el equivocado, alguien tiene que animarse a tomarlo”.
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